PERASHÁ VAYAKHEL

EL GRAN SANTUARIO

Al final del libro de Éxodo, el tema principal es la construcción del santuario. Hoy en día, mucha gente que lee estas parashiot se pregunta: ¿Cuál es la moraleja que nos deja el santuario, la Menorá, el altar, los cohanim y los leviim, para nuestro día a día? ¿Acaso la Torá no es una guía para todas las generaciones, y para todos los lugares?

La respuesta es, que desde que se destruyó el Segundo Templo salimos a la diáspora y en todo lugar a donde llegamos elevamos un pequeño santuario, comunidades judías en todas las esquinas del mundo. Ese es el mensaje de estas parashiot.

¿Cómo debemos construir nuestro santuario comunitario? Exactamente como nos lo enseña nuestra Parashá Betzalel y Aholiab Ben Ajaisamaj, ambos construyeron un santuario con Menorá, altar, mesa, Arón Hakodesh, arcángeles. Toda comunidad en el mundo debe hacer su propio santuario.

La unión de las dos comunidades, la sefardí y la asquenazí, es como la unión de Betzalel con Aholiab. Cada Shojet, restaurante kasher, panadería, salón de fiestas, es como un nuevo altar.

Con cada institución de ayuda, Keren Ezrá, Tzedaká Baseter, se construye la mesa con el pan que había en el Templo. Con cada Talmid Jajam, Abrej, Rabino, Ben Torá, Moré, se construye el Arón Hakodesh. Los colegios, Talmud Torá y jardines de infancia, son los arcángeles. Cada Mikvé para mujeres, Mikvé para utensilios, Mikvé para hombres, son como el Kior (lavamanos de cobre donde se purificaban las manos y los pies de los Cohén) del Templo. Cada persona que reza en la sinagoga es como el Levy cantando en el Templo, y cada Jazán es como el Cohen que supervisa a los Levy. Cada casa donde se encienden las velas de Shabat es como la Menorá del santuario.

Por eso, en toda comunidad deben existir todos estos detalles, que son muy importantes. Si llegase a faltar uno de ellos el santuario no estaría completo. Especialmente el Arón Hakodesh, si llegase a faltar una pieza tan importante como esta, nada tendría sentido, ya que en él estaban depositadas las tablas de la Ley y la Torá.

No podemos olvidar que teníamos dos Templos. En el primero hubo muchísimos milagros, que se realizaban diariamente delante de los ojos de todo el mundo. La Shejiná (providencia) de Dios se palpaba. Pero en el segundo Templo no reposaba la Shejiná, no había milagros, y el motivo era porque faltaba el Arón Hakodesh.

Hoy en día existen comunidades que son como el primer Templo porque están compuestas por todas las piezas y no les falta nada. Pero, desafortunadamente, también existen comunidades que están como el segundo Templo. Tienen mesa para los pobres, altares, etc., pero no tienen Torá, no tienen rabinos. A esas comunidades hay que informarles que les falta lo más sagrado, el Kodesh Hakodashim. Por eso no podemos permitir que en nuestra comunidad falte alguno de los componentes del Santuario.

Sin embargo todos esos utensilios no servirán para nada si no hay unión, hermandad y paz entre todos. Como dijo el rey Salomón en Shir Hashirim, acerca del Templo: “Vetojó Ratzuf Ahabá – Por dentro estaba cubierto de amor”. Si en una comunidad están todos los utensilios del santuario, y unos pelean con otros, entonces no nos queda más que un santuario destruido, porque cada utensilio trabajará separadamente, y eso no es una comunidad.

Por eso escogió Dios a Shlomó y no a su padre David, para construir el Templo, ya que las manos de David estaban llenas de sangre, y aún cuando era sangre que derramó por defender a su pueblo, prefirió Dios a Shlomó, que viene de la palabra Shalom, Paz, para que construyera Su Templo, ya que el objetivo principal del Templo es hacer reposar la paz entre todos los integrantes de Am Israel y entre Am Israel con Dios.

En el santuario que anduvo por el desierto cuarenta años, el Cohén Gadol escogido por Dios fue Aharón, quien era una persona que amaba la paz y la perseguía.

En nuestra Parashá está escrito: “Vahayá Hamishkán Ejad – Y el santuario fue uno”, lo que significa que tiene que ser uno, unión. La palabra uno en hebreo se dice Ejad y el valor numérico de sus letras equivale a trece, que coincidencialmente es el mismo valor de la palabra Ahavá, amor. Unión y amor son de primordial importancia.

Al igual que en el lavado ritual de las manos, una mano lava a la otra, así nosotros debemos ayudarnos el uno al otro.

Cuentan nuestros sabios que en Jerusalem había dos hermanos huérfanos, uno soltero y el otro casado, que se repartieron la tierra de sus padres, equitativamente. Una noche, el hermano casado pensó que su hermano soltero prontamente se casaría, por lo que necesitaría mayor cantidad de trigo para vender y así reunir suficiente dinero para el casamiento. Esperó hasta la media noche para llevarle unas gavillas de su granero al de su hermano, sin que él lo viera, y una vez que se lo llevó, se fue a dormir. Simultáneamente, el hermano pensó que como él era soltero, sus gastos eran mucho menores y los de su hermano casado eran mayores, por lo que decidió también llevarle de sus gavillas al granero del hermano, y una vez que lo hizo, también se fue a dormir. Al día siguiente, cuando se levantaron ambos a trabajar la tierra y entraron a sus graneros respectivos, vieron que había exactamente la misma cantidad de trigo que el día anterior, es decir que no se había disminuido en absoluto. Ambos pensaron que de seguro había sido un milagro de Dios, al ver la buena acción realizada, por lo que decidieron ambos que la próxima noche le llevaría más gavillas de trigo al otro. Esa noche iban los dos cargando toda esa cantidad de trigo en sus espaldas y se encontraron a mitad de camino, en la cima de la montaña. En ese momento, ambos bajaron la carga, se pusieron a llorar de la alegría y se abrazaron. Cuentan nuestros sabios que en ese instante Dios dijo: En este sitio, construiré Mi Casa.

La voluntad de Dios es que cada santuario, comunidad que haya en la diáspora, sea completo y con mucha unión y amor.

“Que sea el deseo de Dios que construyamos un santuario completo, en todos los lugares del mundo, con mucha unión, hasta que llegue, prontamente, el día en que nos reunamos en Jerusalem a construir el tercer Templo. Amén.”

PERASHÁ KI TIZÁ

LA UNIÓN DEL CEREBRO CON EL CUERPO


En esta Parashá encontramos varias preguntas que requieren una respuesta especial. ¿Cómo es posible que Am Israel, después de la entrega de la Torá, cuando escuchó a Dios, y viera Su providencia divina, a pesar de eso, fue a adorar al becerro de oro?
Está escrito que Moshé le pidió a Dios, verlo. Dios le respondió que podría ver su espalda. Explica la Guemará que lo que quiso mostrarle fue el nudo de la parte de atrás del tefilín. ¿Acaso Dios tiene cabeza para colocarse los tefilín? ¿Qué fue exactamente lo que le mostró Dios a Moshé? ¿Qué quiso Moshé ver de Dios?
Después del pecado cometido con el becerro de oro, Dios le dijo a Moshé: Este es un pueblo con cerviz dura, terco. ¿Qué quiso decirle Dios a Moshé con: un pueblo de cerviz dura?
Para poder responder a todas estas preguntas, necesitaremos profundizar un poco en lo que dice la Torá, para así llegar a la respuesta.
El pensamiento del hombre se divide en tres partes: sabiduría, entendimiento y conocimientos. ¿Qué es sabiduría? Sabiduría es cuando a una persona se le ocurre una idea y lo podemos ver por ejemplo, en un pintor que quiere pintar un paisaje. Después, esa idea pasa al entendimiento, es decir planifica qué colores necesita, qué lienzo va a utilizar, cuántos pinceles, etc. Al desarrollo de la sabiduría, se le conoce como el entendimiento. Y al final vienen los conocimientos, es decir, la puesta en práctica de todo lo pensado.
En términos cabalísticos a la sabiduría se la conoce como el padre, al entendimiento como la madre y a los conocimientos como el hijo. Es decir, la sabiduría es como el padre porque aporta la semilla en la que viene concentrada toda la información genética del niño. El entendimiento es como la madre porque desarrolla toda esa información, la va clasificando según sus funciones, y va formando el corazón, el cerebro, las manos, los pies del niño. A consecuencia del aporte de ambos, viene la puesta en práctica de los conocimientos, que sería como el bebé.
En nuestra Parashá viene explicada esta cadena, cuando Dios le entregó a Betzalel sabiduría, entendimiento y conocimiento para la construcción del santuario. (Shemot 31:3:4). De estos versículos se entiende que Dios le proveyó de pensamientos, de las ideas, para empezar la construcción del santuario. Pero se entiende que eran muchas ideas, haciendo alusión a los detalles de cada parte de la estructura, lo que viene a ser el uso del entendimiento. Posteriormente le proveyó de conocimientos, cuando se emprendió la construcción como tal.
Hay quienes poseen sabiduría, entendimiento pero no tienen la capacidad de aplicar sus conocimientos. Otro ejemplo: un niño no tiene conocimiento ( ), es decir entiende muchas cosas mas no sabe como ejecutarlas. Por ejemplo un bebe de 10 mees de nacido, entiende que le conviene caminar en vez de gatear, pero no está en capacidad de llevar a cabo lo que su entendimiento le dice. Un niño entiende que se tiene que vestir, pero cuando se tiene que poner sus zapatos se confunde, no sabe cuál es el zapato izquierdo y cuál es el derecho, o no sabe abotonarse la camisa correctamente.
Por otro, lado vemos que la mujer tiene la capacidad del entendimiento más desarrollada (Tratado ) que el hombre, pero en la puesta en práctica de los conocimientos no es tan ágil, es decir, que desarrolla muy bien las cosas pero a la hora de llevarlas a cabo se traba. Por ejemplo, una mujer que va de compras, se para frente a una vitrina, se empieza a imaginar cómo a ella le quedaría ese vestido, cómo se vería, qué dirán de ella, y al final lo compra. Pero cuando llega el día de ponérselo, lo siente un poco diferente, y dice: En la vitrina se veía un poco más bonito. Vemos cómo la mujer desarrolla muy bien todos sus pensamientos, pero a la hora de la verdad se traban en llevarlo a la práctica.
Los hombres también tienen ese problema, ya que saben que la Torá es verdad, que Dios es verdad. Lo corroboramos con nuestros ojos, escuchamos clases de Torá diariamente, con nuestra boca pedimos a Dios, pero con todo eso, al momento de hacer una mitzvá o dejar de hacer una trasgresión, los conocimientos de nuestro cerebro no nos ayudan a cumplir nuestra Torá.
Los rabinos explican este fenómeno con un ejemplo de la vida diaria. Una persona que recibe un golpe muy fuerte en la nuca puede quedar como un vegetal, es decir puede ver, oír, escuchar, incluso hasta puede hablar, pero sus manos no se moverán, ni tampoco sus pies, porque del cerebro salen sustancias que transitan por la columna vertebral, las cuales transmiten información a los diferentes miembros del cuerpo. Por eso, un golpe en la nuca, puede causar que el cerebro siga funcionando, pensando, reaccionando a los estímulos externos, pero jamás podrá transmitírselos al resto de los miembros del cuerpo.
A nivel espiritual ocurre lo mismo, el Yetzer Hará se “sienta” en la nuca de la persona y desconecta el cuerpo del cerebro, el pensamiento de la acción, y como consecuencia de esto, existe el fenómeno que, entendemos las cosas, pero no las hacemos.
Otro ejemplo lo vemos en una persona que va conduciendo su carro a altas velocidades, sabe que si se le pincha un caucho puede ocurrirle un accidente gravísimo, pero con todo y eso continua conduciendo muy rápido. Esta persona tiene sabiduría, entendimiento, pero le faltan los conocimientos para ponerlos en practica, y hacer lo que su sabiduría y entendimiento le dicen.
Así nos ocurre a diario, con las cosas que sabemos que son verdad y estamos seguros de ellas, las llevamos a cabo. Nosotros sabemos que Dios es verdad, que su Torá también lo es, creemos que existe el mundo venidero, pero el Yetzer Hará nos hacer dejar esa información en la cabeza y no la pasamos al cuerpo, ya que él nos cierra el paso entre los conocimientos y las acciones. Nos desequilibra la armonía que debería de existir entre lo que pensamos y lo que hacemos.
El árbol del que comieron Adam y Havá se le llamaba el árbol de los conocimientos, debido a que les faltaban conocimientos, comieron de él. Ellos sabían que Dios les había prohibido comer de ese árbol, pero como no tenían los conocimientos, las herramientas para transmitir sus pensamientos a las acciones, cayeron en la tentación y comieron de ese árbol.
El Faraón era otra persona que tenia falta de conocimientos de cómo equilibrar sus pensamientos con sus acciones. Por un lado sabia que Dios existía al ver tantos milagros hechos por Moshé y Aharon, escuchaba los shiurim de ellos, aceptó su mal comportamiento. Pero no le fue suficiente, ya que continuó con sus malas acciones. La palabra Faraón en hebreo se dice: Parhó y si lo leyéramos en hebreo, de atrás para adelante, leeríamos Oref, que significa nuca. El faraón efectivamente tenia obstruida la nuca, el Yetzer Hará estaba “sentado” sobre ella. Es decir no le permitía que sus acciones fueran coordinadas con sus pensamientos.
Es por eso que la cabeza de Esav está enterrada junto a los patriarcas y las matriarcas en Hebrón. La cabeza de Esav estaba llena de conocimientos de Torá que estudió con su padre Itzjak, pero desafortunadamente sus acciones no eran ejemplares, y por eso su cuerpo fue enterrado separado de su cabeza.
En la Amidá, rezo que se dice diariamente, le pedimos a Dios que nos conceda sabiduría, entendimiento y conocimientos. La bendición que se dice en este mismo párrafo es Bendito tú Dios… Que das el conocimiento. El hincapié que se hace en todo este pedido es en el conocimiento, más que en la sabiduría y el entendimiento. Porque sin conocimiento de cómo llevar todos nuestros pensamientos a la práctica, no habría dibujos pintados por nosotros, etc.
Así respondemos todas nuestras preguntas. Los integrantes Am Israel supieron la verdad, escucharon a Dios con sus oídos, vieron con sus ojos, dijeron con su boca: haremos y estudiaremos. Todo eso lo tenían en sus mentes, pero el Yetzer Hará se sentó sobre sus nucas y los convirtió en personas testarudas, duras de cerviz, y cerró el paso de información hacia el cuerpo.
Por eso Moshé le pidió a Dios, verlo. Quería ver cómo llegar a él, venciendo al Yetzer Hará. Dios le mostró el nudo del tefilín de la cabeza, que encaja perfectamente en el lugar donde se sienta el Yetzer Hará para obstruir el paso, así impedir que se pueda construir un nuevo puente que una el cuerpo con el cerebro, para que transite por él toda la información y se establezca en nuestro cuerpo. La forma del nudo es como la letra hebrea “Dalet”, cuyo valor numérico es cuatro. La inicial de la palabra Daat, que significa conocimiento, es la “Dalet”, y cuatro son los caminos que utilizó Moshé para llegar a su cabeza, los ojos, los oídos, el cerebro y la boca.
Resumiendo, nuestros sabios nos explican que la función del Yetzer Hará es interrumpir el paso de información entre el cerebro y el cuerpo, y la función del hombre es unirlos de nuevo.
Cuando estuvimos en el monte de Sinai dijimos: Haremos y estudiaremos, lo que significa que primero hay que hacer y después escuchar o estudiar.
Esto lo vemos reflejado en un hombre que tenía una casa muy bonita. Una vez, este hombre tenia que viajar por seis meses, llamó a su esclavo y le dijo: Todos los días limpia el polvo de la casa, riega las plantas, acomoda el césped, paga las cuentas de luz, agua, gas y teléfono, pero como su sirviente no era muy entendido, además se lo escribió en un papel y le dijo que lo leyera todos los días apenas se levantara.
Al transcurrir los seis meses volvió el amo a su casa y vio que estaba todo hecho un desastre, sucio, las flores marchitadas, etc. Llamó al sirviente, le gritó y le dijo: Te ordené leer todos los días tus obligaciones. El esclavo le respondió: Yo leí todos los días la nota que usted me dejó. El amo se enfureció más y le dijo: La nota era para que hicieras lo que ella te dice y no para que solamente la leyeras.
“Nosotros debemos de vencer al Yetzer Hará, coordinando nuestros pensamientos con nuestras acciones, para que así estemos completos, con sabiduría, entendimiento y conocimientos. Amén.”

Perashá Tetzavé

"ORDEN EN NUESTRAS VIDAS"



¿Quién dijo que Dios creó el mundo? ¿Por qué la idea de que el mundo fue creado a raíz de una explosión (Big Bang) no es correcta? ¿Tal vez el abuelo de nuestro abuelo fue un orangután?
Una de las respuestas más sencillas a estas preguntas y que prueba el origen divino de toda la Creación, es el orden que hay en ella. De una explosión no se puede esperar más que cosas volando o cosas que se destruyen, pero jamás podemos esperar un orden tan perfecto como el que existe en todo el mundo. Tal y como un objeto atestigua que un artesano lo hizo, así el mundo atestigua que Dios lo creó. Tanta perfección en los diferentes sistemas existentes atestigua que hubo alguien que los programó y los ordenó. Así como una orquesta funciona y ninguno de sus músicos desafina, gracias a un maestro que los guía, el mundo funciona coordinadamente, sin desafinar, gracias a Dios.
Por ejemplo, vemos que hay un orden en el mundo, al ver la distancia existente entre la Tierra y el Sol. Si estuviéramos un poco más cerca del Sol, nos hubiéramos calcinado y si estuviéramos un poco más alejados del Sol, nos hubiéramos congelado. La fuerza de la gravedad está perfectamente establecida. Si fuera menor, todos flotaríamos y si fuera mayor, no nos podríamos mover. La cantidad de oxigeno en el ambiente está perfectamente medida. Si fuera menor nos ahogaríamos y si fuera mayor no podríamos respirar bien.
También encontramos el orden en los seres vivos. Si analizamos el grosor de la cáscara del huevo, si ésta fuera más gruesa, el polluelo no pudiese salir a la luz y si fuera más delgada, se rompería antes de su nacimiento. Otro ejemplo del orden existente lo encontramos en la relación de los animales depredadores y depredados. El puma puede correr a 80 Km. por hora, pero por un tiempo maximo de 5 minutos y después diminuye a 55 Km. por hora. Sin embargo, el venado corre a 65 Km. por hora y mantiene durante 15 minutos esa velocidad. Gracias a sus ventajas y desventajas respectivas, es que hay un equilibrio en la existencia de ambas especies. Y así, sucesivamente, ocurre con todas las demás especies que hay en nuestra naturaleza.
Además, lo vemos en nuestro propio cuerpo en el que, tenemos un sistema de alerta cuyo origen es el sistema nervioso. El cerebro es una carne grasosa que piensa y programa la vida. Los ojos son dos cámaras que nos permiten ver lo que ocurre externamente. Los dientes mismos están agrupados y cada uno de ellos tiene una función diferente. Y así con todos los demás miembros del cuerpo, que juntos forman esta gran máquina, llamada hombre.
El orden atestigua que hay alguien que lo ordenó, y no que se ordenó tan perfectamente por accidente.
Igual que encontramos un orden tan perfecto externamente, tenemos que llegar a conseguir en nuestras vidas, ese equilibrio que tanto necesitamos, pues así llegaremos a ser dueños de nuestro destino. Tal y como lo dijo el rey Salomón: “Hay tiempo para todo en la vida, lo único es saber cuando es el tiempo de cada cosa”.
Tiempo de llorar, en Tishá Beav. Tiempo de reír, en Purim. Tiempo de consolar, a los enlutados. Tiempo de bailar, al novio y a la novia en su boda. Tiempo de callar, en la sinagoga. Tiempo de hablar, fuera de la sinagoga. Tiempo de amar, a todo Am Israel. Tiempo de odiar, a sus enemigos. Tiempo de guerra, contra el Yetzer Hará. Tiempo de paz, con el Yetzer Hatob.
Pero cuando mezclamos los momentos, nos alegramos en Tishá Beav en vez de llorar, comemos en una boda en vez de bailar y alegrar a los novios, hablamos en los rezos en vez de rezar. Como se dice: Si a la sinagoga vienes a hablar, a dónde irás a rezar. Amar a los enemigos, en vez de odiarlos. Hablar mal de un judío en vez de quererlo. Hacerle la guerra al Yetzer Hatob, en vez de hacérsela al Yetzer Hará. Así, jamás seremos dueños de nuestras vidas, seremos como un barco a la deriva.
En nuestra Parashá viene la orden que dio Dios a Moshé de realizar el pectoral del Cohén Gadol, que estaba compuesto de piedras preciosas, en las que venia tallado el nombre de cada tribu y de los patriarcas. Cuando Am Israel tenía una pregunta, recurría al Cohen Gadol y esté respondía a través del pectoral. Cada letra se iba alumbrando por orden de Dios, y así se iba formando la respuesta deseada. Este sistema se utilizaba en vez de la profecía.
Por ejemplo, si preguntaban si hacer la guerra o no, entonces en el pectoral se alumbraba la letra Nun y Jaf, que ordenadas en hebreo significa Ken, o sea “Sí”. Si preguntaban: ¿por dónde atacar? Se les alumbraba en el pectoral las letras Mem, Dalet, Mem Sofit, Hei, Resh y Vav, que ordenadas en hebreo significa Mehadarom, o sea por el sur.
Por eso se les llamo Urim Betumim, Urim viene de la palabra Or, que significa luz. Betumim viene de la palabra Tamim, que significa perfecto. Es decir, el Cohén Gadol tenía que ordenar las letras de una forma perfecta, correcta. Vemos que el Cohén tenía que rezar a Dios porque las letras se alumbraran y porque supiera arreglarlas perfectamente.
En el Tanaj se cuenta la historia de Janá (madre del profeta Samuel), quien vivió en la época previa a la construcción del primer Templo en el año . En Shiló estaba ubicado el Templo provisional y el Cohen Gadol de esa época era Eli. Una vez vio rezar a Janá con mucha concentración para que Dios le mandara hijos. Eli Hacohen preguntó a su pectoral: ¿Qué es lo que le debo decir a esta mujer? Se le encendieron las letras Shin, Hei, Jaf y Resh. Inmediatamente pensó que estaba escrito en hebreo Shikorá, o sea borracha. Y le preguntó a Janá que por qué bebía tanto vino. Janá le respondió que no había ordenado bien las letras, porque ahí estaba escrito en hebreo Kesherá, o sea mujer buena. Entonces Eli HaCohen se concentró en su pectoral y le dijo que ese mismo año sería premiada con un hijo. Ella le preguntó, de dónde lo sabía, y le dijo que la palabra en hebreo Kesherá puede ser leída KeSará, o sea como Sará Imenu. Que no tenía hijos, y los ángeles le anunciaron un año antes que tendría un hijo. Y así fue, al año, Janá tuvo a Samuel, el profeta.
Aprendemos de esto que lo primero que debemos hacer es conseguir la luz, lo bueno, las cualidades adecuadas. Después debemos de saber ordenarlas en el lugar correcto, en el tiempo y la forma perfecta.
Hay personas con muy buenas cualidades, pero no saben ordenar su vida. Hay que despertarse a rezar en las mañanas, dedicar un tiempo para estudiar, después para ir a trabajar, comer, ir a rezar Minjá, de nuevo estudiar y después rezar Arvit, cenar con la familia y compartir con ella, y, por último, un tiempo para dormir. Lo que hay es que saber establecerse un horario de vida y no improvisar, ya que lo improvisado demuestra falta de control en nuestras vidas. Sin embargo, si programamos nuestra vida, veremos un gran orden en general.
Por eso nos dice Maimónides que debemos dividir nuestro día en tres partes. Un tercio para trabajar, otro tercio para estudiar y el último tercio para dormir y comer. En los momentos de estudio hay que subdividir ese tiempo, en tres partes. Torá, Talmud y Halajá ( ).
¿Por qué Maimónides no nos aconsejó, estudiar cuando queramos, comer cuando tengamos hambre y dormir cuando estemos cansados? Porque si fuera así, estaríamos desorganizados. Si comemos a deshoras nos causaría enfermedades y obesidad,
así ocurriría que desorganizaríamos nuestra vida si hiciéramos todo a deshora.
Por eso aquel que se fija estudiar, una o dos horas al día, es mejor que aquel que se fija estudiar tres horas sin seriedad. Porque el que dice que estudiará cuando le sobre tiempo, al final no estudiará nada. Por eso es la importancia de estudiar Torá seriamente con permanencia, para así triunfar.
“Que sea la voluntad de Dios que nos ayude a organizar nuestra vida, y que sepamos cuándo y cuánto tiempo dedicarle al trabajo, y cuándo y cuánto al estudio de la Torá, para que así sepamos que somos dueños de nuestra vida, con orden, tal y como sabemos que lo hay en el mundo.”

Perashá Mishpatím

"DIOS NOS QUIERE"


Una de las preguntas que todo el mundo se hace es: ¿Si Dios nos quiere tanto, por qué nos agobia con tantas mitzvot? Según la lógica, cuando una persona quiere a otra debe facilitarle las cosas, dejándole hacer y comer lo que quiera, ir donde quiera, a la hora que quiera y cuando quiera. ¿Por qué Dios nos prohibió tantas cosas?
Nuestra parashá, fue dicha en la entrega de la Torá, cuando aceptamos el yugo de Dios y dijimos: haremos y escucharemos. Vemos así que el mismo día en que aceptamos a Dios, recibimos más de 80 mitzvot. ¿Por que es esto así?
Estas preguntas son consecuencia de un error que tenemos en nuestro pensamiento. La vida de un príncipe nadie dijo que es fácil. Debe estar vestido elegantemente todo el día con los zapatos brillantes y bien peinado. Tiene que estudiar todo el día. Cuando sale de un maestro particular, en seguida viene el otro. Debe comer con los mejores modales. Pero nadie se queja por ser príncipe, ya que entendemos que su posición le obliga a cuidar cierta postura y a tener una conducta adecuada a su rango.
Así somos nosotros en Am Israel, “Judíos, hijos de reyes” y al igual que un príncipe debe vestirse adecuadamente, así nosotros debemos vestirnos con recato. Si el príncipe estudia, nosotros debemos estudiar y rezar. Igual que los príncipes comen comidas especiales, nosotros debemos comer comida Kasher, y costosa como la de ellos.
Si analizamos esto, veremos que mientras más niveles subamos, son los requisitos mayores. Por ejemplo, lo vemos en la semana, específicamente, los lunes y jueves cuando suben tres personas a la Torá, en Rosh Jodesh y en Jol Hamoed de Pascua suben cuatro a la Torá, en Yom Tov suben cinco personas, en Yom Kipur suben seis y en Shabat (que es más importante que Yom Kipur) suben siete personas a la Torá. A que a medida que la santidad del día va aumentando, así la cantidad de personas que suben a la Torá va aumentando.
Esto también lo vemos reflejado en el sitio donde radica la persona. Si está en la tierra de Israel, sus obligaciones son mayores porque debe cumplir también con las mitzvot que dependen de la santidad de la tierra, pero en la diáspora no, porque no hay tanta santidad.
También dentro de la santidad de Israel, está la santidad especial que tenía Jerusalem, donde ciertos sacrificios podían ser comidos en ella, pero fuera de ésta, se consideraba como una trasgresión. E incluso dentro de Jerusalem, si llegamos a donde el Templo se encontraba, ese era el lugar más santo y puro en la Tierra y sus restricciones son mayores, ya que no todos tenían acceso a él.
Entonces sí entendemos, a nivel de materia, que a medida que su santidad va en aumento, mayores son las restricciones que lo rodean. Así también ocurre con la persona, que a medida que su santidad va en aumento, sus restricciones se van multiplicando. Por ejemplo, un gentil solo esta obligado a cumplir siete preceptos, un extranjero que residía entre los judíos tenía otras cuantas leyes más que cumplir, los esclavos otros pocos más. Los esclavos judíos debían cumplir más mitzvot aún, mientras que las mujeres estaban exentas de las mitzvot dependientes del tiempo. El hombre está obligado a muchas leyes más, los Levitas a unas cuantas más que el Israel, los Cohén más que los anteriores y, por último, el Cohen Gadol estaba obligado a cumplir casi todas las leyes de la Torá. Así vemos otra vez que a medida que la santidad de la persona aumenta, se le atribuyen mayores responsabilidades.
Tanto la santidad en el tiempo, como en el lugar, como en la persona, son las que determinarán las obligaciones de cada ser.
Por eso acostumbramos decir, después de la culminación de cualquier estudio de Torá: “Rabí Janania Ben Akashiá dijo: Quiso Dios dar mérito a Israel y por lo tanto les aumentó en Torá y Mitzvot”. Es decir, Dios quiso darnos el mérito, pulirnos y elevarnos en niveles de santidad y por ellos nos dio la Torá y las Mitzvot.
Los gentiles piensan que a medida que se permiten más cosas, se vive mejor. Por eso la Torá nos enseña que en la época del Tanaj había dos tipos de idolatría: La primera idolatría se llamaba Baal Peor, y consistía en hacer las necesidades encima de una estatua. (por eso su nombre es Baal Peor, porque “peor” imposible). La segunda idolatría era Markulis y consistía en lanzarle piedras a una estatua. ¿Acaso algún creyente le hace eso a su dios?
La respuesta es que ellos querían demostrar que todo está permitido, que en su religión no se prohíbe nada y que el dios de ellos no es exigente, hasta el punto de que las peores cosas se le podían hacer y no se enfurecía.
Pero Am Israel no piensa así, sino que por el contrario, de igual manera que para que un niño se comporte educadamente, requiere de la estricta supervisión de sus padres, desde la mañana hasta la noche, qué hace, qué dice, cómo come, etc., así también en Am Israel requerimos de la estricta disciplina de Dios para perfeccionarnos y así cumplir nuestro objetivo en la vida y no actuan como un niño mal educado que hace lo que quiere, cuando quiera y donde quiere, sin que nadie lo supervise y lo oriente.
Esta es la gran diferencia entre Israel y las demás naciones.
Por eso, cuando subimos a la Torá, bendecimos con alegría: Asher Bajar Banu Mikol Haamim Venatán Lanu Et Torató – Nos escogiste entre las naciones y nos diste tu Torá”, demostrando que estamos contentos con la Torá, con sus Mitzvot, porque entendemos que están para ayudarnos a elevarnos espiritualmente, a subir en santidad, a ser príncipes hijos de Dios.
“Que sea la voluntad de Dios que todo Am Israel entienda que Él nos quiere, como un padre que ama a su hijo, y que todos sus preceptos son para nuestro bien, y que los cumplamos con alegría. Amén.”

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