EL GRAN SANTUARIO
Al final del libro de Éxodo, el tema principal es la construcción del santuario. Hoy en día, mucha gente que lee estas parashiot se pregunta: ¿Cuál es la moraleja que nos deja el santuario, la Menorá, el altar, los cohanim y los leviim, para nuestro día a día? ¿Acaso la Torá no es una guía para todas las generaciones, y para todos los lugares?
La respuesta es, que desde que se destruyó el Segundo Templo salimos a la diáspora y en todo lugar a donde llegamos elevamos un pequeño santuario, comunidades judías en todas las esquinas del mundo. Ese es el mensaje de estas parashiot.
¿Cómo debemos construir nuestro santuario comunitario? Exactamente como nos lo enseña nuestra Parashá Betzalel y Aholiab Ben Ajaisamaj, ambos construyeron un santuario con Menorá, altar, mesa, Arón Hakodesh, arcángeles. Toda comunidad en el mundo debe hacer su propio santuario.
La unión de las dos comunidades, la sefardí y la asquenazí, es como la unión de Betzalel con Aholiab. Cada Shojet, restaurante kasher, panadería, salón de fiestas, es como un nuevo altar.
Con cada institución de ayuda, Keren Ezrá, Tzedaká Baseter, se construye la mesa con el pan que había en el Templo. Con cada Talmid Jajam, Abrej, Rabino, Ben Torá, Moré, se construye el Arón Hakodesh. Los colegios, Talmud Torá y jardines de infancia, son los arcángeles. Cada Mikvé para mujeres, Mikvé para utensilios, Mikvé para hombres, son como el Kior (lavamanos de cobre donde se purificaban las manos y los pies de los Cohén) del Templo. Cada persona que reza en la sinagoga es como el Levy cantando en el Templo, y cada Jazán es como el Cohen que supervisa a los Levy. Cada casa donde se encienden las velas de Shabat es como la Menorá del santuario.
Por eso, en toda comunidad deben existir todos estos detalles, que son muy importantes. Si llegase a faltar uno de ellos el santuario no estaría completo. Especialmente el Arón Hakodesh, si llegase a faltar una pieza tan importante como esta, nada tendría sentido, ya que en él estaban depositadas las tablas de la Ley y la Torá.
No podemos olvidar que teníamos dos Templos. En el primero hubo muchísimos milagros, que se realizaban diariamente delante de los ojos de todo el mundo. La Shejiná (providencia) de Dios se palpaba. Pero en el segundo Templo no reposaba la Shejiná, no había milagros, y el motivo era porque faltaba el Arón Hakodesh.
Hoy en día existen comunidades que son como el primer Templo porque están compuestas por todas las piezas y no les falta nada. Pero, desafortunadamente, también existen comunidades que están como el segundo Templo. Tienen mesa para los pobres, altares, etc., pero no tienen Torá, no tienen rabinos. A esas comunidades hay que informarles que les falta lo más sagrado, el Kodesh Hakodashim. Por eso no podemos permitir que en nuestra comunidad falte alguno de los componentes del Santuario.
Sin embargo todos esos utensilios no servirán para nada si no hay unión, hermandad y paz entre todos. Como dijo el rey Salomón en Shir Hashirim, acerca del Templo: “Vetojó Ratzuf Ahabá – Por dentro estaba cubierto de amor”. Si en una comunidad están todos los utensilios del santuario, y unos pelean con otros, entonces no nos queda más que un santuario destruido, porque cada utensilio trabajará separadamente, y eso no es una comunidad.
Por eso escogió Dios a Shlomó y no a su padre David, para construir el Templo, ya que las manos de David estaban llenas de sangre, y aún cuando era sangre que derramó por defender a su pueblo, prefirió Dios a Shlomó, que viene de la palabra Shalom, Paz, para que construyera Su Templo, ya que el objetivo principal del Templo es hacer reposar la paz entre todos los integrantes de Am Israel y entre Am Israel con Dios.
En el santuario que anduvo por el desierto cuarenta años, el Cohén Gadol escogido por Dios fue Aharón, quien era una persona que amaba la paz y la perseguía.
En nuestra Parashá está escrito: “Vahayá Hamishkán Ejad – Y el santuario fue uno”, lo que significa que tiene que ser uno, unión. La palabra uno en hebreo se dice Ejad y el valor numérico de sus letras equivale a trece, que coincidencialmente es el mismo valor de la palabra Ahavá, amor. Unión y amor son de primordial importancia.
Al igual que en el lavado ritual de las manos, una mano lava a la otra, así nosotros debemos ayudarnos el uno al otro.
Cuentan nuestros sabios que en Jerusalem había dos hermanos huérfanos, uno soltero y el otro casado, que se repartieron la tierra de sus padres, equitativamente. Una noche, el hermano casado pensó que su hermano soltero prontamente se casaría, por lo que necesitaría mayor cantidad de trigo para vender y así reunir suficiente dinero para el casamiento. Esperó hasta la media noche para llevarle unas gavillas de su granero al de su hermano, sin que él lo viera, y una vez que se lo llevó, se fue a dormir. Simultáneamente, el hermano pensó que como él era soltero, sus gastos eran mucho menores y los de su hermano casado eran mayores, por lo que decidió también llevarle de sus gavillas al granero del hermano, y una vez que lo hizo, también se fue a dormir. Al día siguiente, cuando se levantaron ambos a trabajar la tierra y entraron a sus graneros respectivos, vieron que había exactamente la misma cantidad de trigo que el día anterior, es decir que no se había disminuido en absoluto. Ambos pensaron que de seguro había sido un milagro de Dios, al ver la buena acción realizada, por lo que decidieron ambos que la próxima noche le llevaría más gavillas de trigo al otro. Esa noche iban los dos cargando toda esa cantidad de trigo en sus espaldas y se encontraron a mitad de camino, en la cima de la montaña. En ese momento, ambos bajaron la carga, se pusieron a llorar de la alegría y se abrazaron. Cuentan nuestros sabios que en ese instante Dios dijo: En este sitio, construiré Mi Casa.
La voluntad de Dios es que cada santuario, comunidad que haya en la diáspora, sea completo y con mucha unión y amor.
“Que sea el deseo de Dios que construyamos un santuario completo, en todos los lugares del mundo, con mucha unión, hasta que llegue, prontamente, el día en que nos reunamos en Jerusalem a construir el tercer Templo. Amén.”
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