Una de las razones que obstaculizan al hombre para dar cambios importantes en su vida, como volver en teshuvá, es: ¿Qué dirán las amistades?, ¿mi socio, me abandonará?, etc.
Si nos comportamos constantemente como la sociedad exige, llegará el momento en que enloqueceremos.
Hay un chiste que cuentan, que dice así: Una vez, una pareja de recién casados, yemenitas, decidieron irse a vivir a una aldea muy lejana. Compraron un burro pequeñito, se subieron a él y partieron hacia su aldea. En el camino atravesaron por un pueblito. Salieron todos los habitantes y les dijeron: Pobrecito ese burro tan pequeño que carga a dos personas, seguro le romperán el lomo. El muchacho dijo que tenían razón y decidió bajarse del burro. Siguieron su camino y llegaron a otro pueblito, donde la gente disgustada le dijo al novio: Tú eres el rey de la casa, ya que tú eres el hombre, así que súbete al burro. El muchacho dijo que tenían razón, y le pidió a su esposa que se bajara del burro y fuera a pie. Siguieron su camino y se encontraron con un grupo de personas que estaba paseando. Viendo que la mujer estaba muy cansada, se acercaron al muchacho y le dijeron: No es bonito lo que estás haciendo; están recién casados y debes hacer honores a tu esposa. El novio dijo que en verdad tenían razón. Por lo tanto, decidieron ir los dos a pie junto al burrito. Vinieron otras personas y les dijeron: ¿Ustedes son tontos que tienen un burro y no se montan sobre él? Entonces decidieron ambos montar al burro sobre sus hombros. Al rato pasó otra persona y les dijo: “tres burros” (Rabino Amnón Itzjak).
La persona debe comportarse según lo que él considere correcto, y no como las amistades lo consideren. Especialmente, si estamos hablando de seguir el camino de Dios, no hay que avergonzarse de los que se burlan, ya que hay un refrán que dice: “El que ríe de último, ríe mejor”. Al final, se darán cuenta que el que en verdad triunfó en la vida, fue aquel que tomó la decisión correcta de ir por el camino de la Torá. Y no solo eso, sino que ellos mismos te honrarán.
Todas las parashiot vienen relacionadas con sus haftarot. Esta semana, la relación existente entre ambas está en el mismo mensaje que acabamos de desarrollar.
En nuestra Parashá vemos a dos hermanos, Yishmael e Itzjak. Yishmael se caracterizó por burlarse permanentemente de su hermano Itzjak. Tal y como está escrito “Vatere Sará et Ben Hagar… Metzajek – Y vio Sará a Yishmael… burlándose” (Génesis 21:9). Está escrito en la tosefta del tratado de Sotá (Perek 6): Al nacer Itzjak, Yishmael se estaba burlando diciendo que él era el primogénito y por lo tanto le correspondían dos partes de la herencia.
Así también está escrito en el tratado de Sanedrín 89b, con respecto al versículo “Vaijí Ajaré Hadebarim Haele – Y fue después de estos hechos” (Génesis 22:1), dijo Rabí Levy: Yishmael le dice a Itzjak, que él es más importante porque su circuncisión fue a los trece años y en cambio la de Itzjak fue a los ocho días.
Vemos cómo todo el tiempo Yishmael se reía de Itzjak, para hacerlo sentir inferior. Pero, lógicamente, Itzjak no se lo tomaba a pecho, ya que él sabía que algún día su hermano bajaría la cabeza y pediría perdón.
Efectivamente, cuando Yishmael fue a enterrar a su padre, vio a su hermano Itzjak. Era un hombre ejemplar y justo, totalmente opuesto a él. Ahí fue cuando se descubrió quien fue el vencedor.
El Midrash Hagadá pregunta con respecto al versículo que dice: “Vayikberú otó Itzjak VeYishmael – Y lo enterraron (a Abraham) Itzjak e Yishmael” (Génesis 25:9). ¿Por qué la Torá adelantó el nombre de Itzjak al de Yishmael en ese versículo? Porque Yishmael se dio cuenta que Itzjak era un hombre mucho más justo que él.
El mismo mensaje lo encontramos en nuestra haftará, que habla sobre los hijos del rey David. Adoniahu, pensó siempre que él tenía las capacidades de ser rey, y además despreciaba a sus hermanos. Por ejemplo, no invitó a Shlomó al banquete organizado por él. Pero al final se reveló, que ese muchacho llamado Shlomó, era el rey de Israel y no Adoniahu. Y más bien, este iba a donde el rey Shlomó a rendirle honores y a prosternarse ante él.
Hoy en día lo podemos ver entre nuestros niños, que el más inteligente, el que más estudia es rechazado por sus amigos. Sin embargo, los vagos son los considerados como lo máximo, especialmente si van con pelo pintado y con zarcillos. Muchos jóvenes no soportan ese ambiente y finalmente terminan sufriendo, ante tantas burlas. Pero hay otros muchachos, que no prestan atención a la moda y siguen su rumbo sin ningún complejo. Al final, todos los caminos convergen, y ahí es cuando se ven los resultados, ¿quién triunfó más en la vida? El vago con zarcillos y pelo pintado se quedó en su adolescencia y nunca salió adelante, mientras que el inteligente que le gustaba estudiar, se hizo un gran hombre ejemplar y justo. Siempre se repite la misma historia. Yishmael baja su cabeza pidiendo perdón a Itzjak y Adoniahu se prosterna ante Shlomó.
Así también le ocurrió a Yosef con sus hermanos y a David con los suyos.
Esta es la línea de pensamiento que toda familia debe llevar. Si realmente estamos convencidos de la existencia de Dios y queremos volver a su Torá, no podemos permitirnos dejar de hacer lo correcto por causa de aquellos que se burlen diciéndonos “te lavaron el cerebro”. Y cuando nos lo digan, digámosles que efectivamente nos lavaron el cerebro, que estaba muy sucio y ahora quedó limpio y puro.
Así ellos mismos bajarán su cabeza al ver que estamos alegres alrededor de la mesa de Shabat, nos dirigimos unos a otros con respeto, somos felices en nuestra vida, etc. En cambio ellos con todo, no son nada.
Hay padres que se burlan de sus hijos religiosos y que a la larga ven que aquellos hijos que no fueron religiosos, salen mal encaminados, bien sea porque se casan con una goyá, o porque fuman drogas, o porque son descarados. En cambio, sus hijos religiosos son más respetuosos, son correctos y justos. Entonces es cuando esos padres bajan la cabeza y se dan cuenta de los resultados.
Este fenómeno lo vemos con nosotros y las demás naciones. Hemos sido el pueblo odiado, perseguido y humillado por muchos siglos. Llegará el día, no muy lejano, en el que Dios se revele en el mundo y eleve a su pueblo elegido por encima de las demás naciones. En ese día será cuando vendrán a honrar a Itzjak, a Shlomó, a David, a Yosef, a Am Israel.
Es por eso que siempre fuimos comparados a príncipes, “hijos de reyes”. Si analizamos la vida de un príncipe desde su infancia, seguramente encontraremos que ningún niño de su edad quisiera ser un príncipe, ya que eso implica vivir aburrido, tener profesor particular en la mañana, en la tarde y en la noche, ir vestido elegantemente todo el día, comer con muy buenos modales, asistir a fiestas aburridas y casi sin amistades de su edad, no puede correr descalzo, jugar fútbol, jugar en la grama con sus amigos, hacer travesuras, etc. Pero cuando este príncipe se convierta en rey, todos le envidiarán, porque verán que es una persona culta, inteligente, millonaria, con mucha clase, cosa que ninguno de ellos tiene y nunca conseguirán.
Así ocurre con nosotros; somos príncipes, hijos de reyes y por ahora nadie nos envidia porque ven que en nuestra Torá todo está prohibido, no comerás, no harás, no ir a tal sitio, etc. Y para ellos todo esta permitido. Pero llegará el día en que todos nosotros seremos reyes, y todos nos envidiarán. Por eso escribió el rey David “Az Yimalé Sjok Pinu – Y será, que se llenen de risas nuestras bocas”, añorando la llegada de ese gran día. Que sea la voluntad de Dios que todos nuestros enemigos se prosternen ante nosotros, que pronto veamos nuestra redención y que se revele la gloria de los cielos en la tierra. Amén.